jueves, 5 de agosto de 2010

El trasfondo humano de las organizaciones

EL TRASFONDO HUMANO DE LAS ORGANIZACIONES
MAPA COMPRENSIVO PARA SU INTERVENCIÓN

Publicado en Revista Organización y Administraciones. Junio 2009
Acceda al artículo en la revista aquí

Rodolfo Bächler S.[i]
Octavio Poblete C.[ii]
Resumen
Se expone una propuesta para un marco comprensivo del fenómeno organizacional, destacando la naturaleza humana de éste y la necesidad de favorecer el desarrollo de las personas y sus relaciones como estrategia de mejoramiento del mismo. Esta conceptualización, que integra aportes de la psicología humanista, las ciencias cognitivas y el enfoque interaccional, se estructura sobre la diferenciación entre aspectos explícitos e implícitos de la organización, así como a partir de la relación entre ambos niveles de funcionamiento. Se postula que a pesar de existir un nivel implícito del funcionamiento organizacional que tiene una significativa influencia sobre la organización como un todo, los modelos de gestión predominantes consideran de forma casi exclusiva los aspectos asociados al nivel explícito. Posteriormente, se presenta una descripción tentativa de los aspectos implícitos denominados en esta conceptualización como “Trasfondo Humano”, a través de la distinción de los cuatro dominios interrelacionados que le componen: el dominio corporal, el dominio cognitivo, el dominio emocional y el dominio interaccional. Finalmente, se postulan algunos principios generales a considerar a la hora de diseñar intervenciones de cambio, a través del potenciamiento y desarrollo de este nivel del funcionamiento organizacional.
Palabras claves: organización, trasfondo humano, nivel técnico funcional.

INTRODUCCION
Cada vez más se reconoce la relevancia del “factor humano” en el desarrollo de las organizaciones.[iii] Una gran cantidad de aportes, provenientes mayoritariamente de la psicología, destacan el rol de esta variable como estrategia de mejoramiento. Por ejemplo, existe una serie de propuestas que buscan facilitar el desarrollo de fenómenos de naturaleza esencialmente cognitiva, como la imaginación, la creatividad o el lenguaje. Otras, enfatizan la importancia de dimensiones asociadas al comportamiento, como el desarrollo de la conducta asertiva, la retroalimentación o el liderazgo. Algunas propuestas colocan hincapié en aspectos de naturaleza emocional, tales como el clima, la empatía o la motivación entre otros. Finalmente, existen diferentes modelos que colocan el acento en las relaciones, fomentando el desarrollo de equipos de trabajo, los procesos de negociación y resolución de conflictos u otros similares.
Si bien estos modelos han entregado herramientas de gran ayuda para el desarrollo de las organizaciones, también es cierto que ellos han emergido de forma fragmentada, en ausencia de un enfoque teórico que les integre y organice. Producto en parte de lo anterior, la gestión de los recursos humanos suele realizarse también en forma parcelada en ausencia de claridad sobre qué aspectos de la organización se busca desarrollar o fortalecer. Esta situación se traduce en intervenciones molares sobre fenómenos específicos, que aunque válidas, son implementadas sin mucha claridad sobre cómo estos fenómenos pudieran estar relacionados entre sí.
Debido a lo anterior, cada vez es más necesario contar con un marco de referencia que permita conectar los diversos elementos humanos presentes en la organización, a fin de contribuir al desarrollo de una mejor gestión. Sostenemos que el estado de avance en que se encuentra el conocimiento sobre la mente y la conducta humana, permite visualizar los primeros pilares para un marco como éste.
LOS DOS NIVELES DE FUNCIONAMIENTO DE LAS ORGANIZACIONES
Cuando utilizamos el término “organización” hacemos referencia a una realidad[iv] que emerge producto de un grupo de personas que acuerdan llevar adelante algún objetivo particular, para el cual definen ciertas funciones, roles, tareas y otros aspectos que regularán de forma relativamente estable su funcionamiento en el tiempo[v]. Este fenómeno que se configura a través de coordinaciones realizadas cara a cara, mediante comunicados electrónicos, en papel o a través de otros medios, tiene como una de sus propiedades fundamentales el carácter explícito con el cual ocurre. Probablemente sea este carácter declarativo de dichos procesos, aquello que nos dificulta apreciar con claridad que ellos constituyen fenómenos propios del ser humano y su comportamiento. Así, cuando intentamos comprender la organización y diseñamos estrategias para operar sobre ella, lo hacemos reparando de forma casi exclusiva sobre estos elementos explícitos, buscando muchas veces, objetivar esta cualidad al punto que solemos confundirnos y la hacemos aparecer como un hecho artificial, externo a la naturaleza de quienes lo componen. Al perder de vista este carácter humano y asumir esta “ilusión técnica”, dejamos de ver una serie de elementos no explícitos que son también parte substantiva del fenómeno organizacional y que influyen de forma notable sobre el nivel de funcionamiento explícito antes mencionado. Las reflexiones anteriores nos llevan a realizar una primera y gruesa distinción que nos permitirá más adelante, comprender de forma más acabada el complejo mundo imbricado en las organizaciones humanas. Hablamos de la innegable existencia en todas las organizaciones humanas de dos niveles de funcionamiento interrelacionados: uno asociado a fenómenos de naturaleza explícita[vi] y otro vinculado a procesos de carácter no declarativo o implícito.
Para comprender mejor de qué estamos hablando, tal vez sea conveniente revisar el siguiente ejemplo. Imaginemos una empresa en la cual como parte de su rutina cotidiana, los miembros de un equipo de ventas realizan frecuentemente reuniones de análisis y proyección de los resultados de su trabajo. Durante la última reunión convocada por el supervisor, éste realizó una breve presentación sobre el estado general de las ventas y conversó con su equipo sobre las potenciales nuevas carteras de clientes, las amenazas de la competencia debido al uso de tecnologías de última generación, los productos que ofrecerá próximamente la empresa para un segmento especial de la población, el nuevo sistema de incentivos y las fórmulas que se barajan para absorber la carga de trabajo de uno de los miembros del equipo que acaba de enfermar, entre otros temas. Todos estos aspectos conversados durante la reunión, pueden ser caracterizados a la luz de nuestra distinción, como parte del nivel de funcionamiento explícito de la organización, en este caso, en virtud de las declaraciones realizadas por los actores en cuestión, que caracterizan este hecho organizacional como un evento consciente entre las diferentes personas involucradas. Sin embargo, durante el mismo momento en el que se realizan todas estas actividades explícitas ocurren también en forma paralela, una serie de otros hechos sobre los cuales los miembros del equipo no tienen total consciencia pero que inciden no obstante de manera significativa, sobre todo el funcionamiento general de la organización. Por ejemplo, pudieran ocurrir algunos de los siguientes fenómenos: que existiese tensión entre dos miembros del equipo, (A y B); que hubiese prejuicios en relación a la “manera altanera” con que el miembro C percibe al supervisor cuando entrega instrucciones, que el supervisor sintiese malestar cada vez que conversa con C; que entre D y F hubiese distancia, que F sintiese agobio cuando conversa con uno de sus clientes más complejos, etc. Éstos u otros fenómenos “humanos” sobre los cuales no solemos reparar los podríamos caracterizar como aspectos implícitos.
Llamaremos nivel técnico funcional (TF) a la configuración de los aspectos explícitos, mientras que para referirnos a todas las dimensiones implícitas presentes en las organizaciones, utilizaremos el concepto de trasfondo humano (TH)[vii]. Para comprender un poco más sobre estos dos niveles de funcionamiento, podemos decir que el primero, (el TF), se encuentra compuesto entre otros elementos, por todas las actividades o tareas ejecutadas en la organización como fruto de la experiencia o el aprendizaje y que se traducen por ejemplo, en prácticas administrativas, utilización de equipamiento e infraestructura, instancias de coordinación, entrega de comunicados e instrucciones, y procesos de retroalimentación, entre otras. Se trata de todo lo que la gente hace, dice o piensa conscientemente en función del cumplimiento de los objetivos organizacionales. El segundo nivel, de naturaleza principalmente implícita, deriva de las características y maneras de relacionarse de las personas en la organización y se encuentra compuesto por hechos que solemos llamar “humanos”, tales como simpatías, conflictos, procesos de influencia, contagio de emociones, rivalidades, pugnas de poder o prejuicios entre otros fenómenos. Resulta evidente que este tipo de variables, tiene relación con lo que algunos autores como Edelberg (2007) y otros, refieren como competencias blandas[viii]. No obstante, en este artículo visualizamos este nivel del funcionamiento organizacional no como un asunto individual, sino como una red dinámica y articulada que tiene además, un importante dominio emocional, aspecto que suele quedar oculto cuando utilizamos el concepto de competencia para referirnos a aspectos relativos a la formación individual profesional.

Es importante destacar que la distinción de niveles realizada es básicamente didáctica, ya que en los hechos el TH no ocurre aisladamente del TF, sino que por el contrario, ambos niveles operan simultáneamente, configurando el complejo entramado de procesos que llamamos funcionamiento organizacional. Más aún, sostenemos que en términos concretos, el TH no puede ser visto sino a través de la observación del TF, puesto que en gran medida, es posible decir que el TH entra en funcionamiento, cuando opera el TF. Es curioso que a pesar del gran impacto del TH, la mayoría de las acciones diseñadas para mejorar la gestión de las organizaciones se realiza teniendo únicamente como referencia, un marco teórico y metodológico construido respecto del operar del TF[ix]. En este artículo, postulamos que entre ambos niveles de la realidad organizacional existe una relación de interdependencia necesaria de considerar a la hora de diseñar intervenciones.

Proponemos como un punto de partida para un análisis de este tipo, las siguientes hipótesis generales sobre la relación entre el nivel Técnico Funcional y el TH[x]:

El TH opera paralelamente al TF. Siempre que opera el TF, entra en funcionamiento el TH.
Entre ambos niveles hay una relación de mutua influencia. Si se modifica un nivel, cambia también el otro.
El funcionamiento del TH puede actuar como un catalizador del funcionamiento técnico estructural, acelerando el logro de los resultados propuestos.




EL TRASFONDO HUMANO ORGANIZACIONAL (TH)

Analizado el contexto general relativo a nuestros dos niveles de la realidad organizacional, expondremos ahora acerca del TH, con un mayor grado de especificidad.

En términos generales, definimos el TH como una red orgánica de ideas, emociones e interacciones existente en toda organización, red que surge directamente de las características humanas[xi] de las personas que la componen, así como de la forma en que éstas se relacionan. Podemos caracterizar más en detalle esta red, señalando que está compuesta por 4 dominios específicos de funcionamiento. Los tres primeros, corresponden a ámbitos que a pesar de generarse en un contexto relacional, se experimentan como fenómenos individuales. El cuarto dominio en cambio, si bien contiene las experiencias privadas o individuales de las personas en la organización, sólo puede ser correctamente descrito como un fenómeno relacional, puesto que en sí mismo, corresponde a una unidad de análisis compuesta por la interacción entre dos o más personas. Hablamos de los dominios corporal, emocional, cognitivo e interaccional.

En conjunto, estos cuatro dominios que operan articuladamente entre sí, conforman el nivel de funcionamiento que llamamos trasfondo humano, nivel que puede ser descrito también, como un andamiaje organizacional compuesto por cuatro dimensiones de experiencia. Además, la particular manera de experimentar cada uno de estos dominios determina los distintos tipos de conocimiento asociados[xii], cuestión que tiene importantes implicancias para el diseño de las intervenciones orientadas al cambio[xiii]. Para comprender de forma más adecuada el TH, describimos a continuación cada dominio por separado, en un intento por caracterizar las diferentes facetas del fenómeno organizacional.
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El dominio corporal. Es el nivel más básico y el sustrato físico de todo lo que concierne al trasfondo. Desde éste dominio surgen todos los fenómenos que permiten el desarrollo de cualquier organización humana. En términos generales corresponde a la corporalidad de los seres humanos, entendida como una base biológico/somática para la emergencia de los tres niveles siguientes. Desde el punto de vista biológico, se relaciona con toda la actividad fisiológica de nuestro cuerpo, actividad que afecta en términos directos toda tarea que se realice. Desde el punto de vista somático, constituye el soporte corporal para el surgimiento de las experiencias humanas, tales como las emociones que se describen más adelante.[xiv]
El dominio cognitivo. Se relaciona principalmente con lo que las personas implícitamente suponen o imaginan acerca de sí mismas, sobre las otras personas y respecto del mundo en general. Es importante señalar que cuando hablamos de dominio cognitivo, podemos distinguir los pensamientos conscientes, reflexionados de manera pública o privada, de aquellos supuestos no explicitados y a veces no revisados, que se correlacionan significativamente con nuestras conductas y decisiones. Cuando nos referimos al dominio cognitivo como componente del trasfondo humano de las organizaciones, estamos hablando de esta segunda faceta de la cognición, es decir, de aquellos aspectos como valores, actitudes, prejuicios, etc., que tienen un carácter implícito y/o que no han sido declarados conscientemente por los actores organizacionales[xv]. Este dominio, está constituido por nuestros supuestos de “la realidad” y muchas de las dificultades que a él se asocian, tienen su origen en la rigidez que presentan estas nociones, produciéndose una identificación de nuestra experiencia simbólica con la realidad misma, asumida como algo no modificable. Esta rigidez, que suele atascar el cambio en la organización, constituye un importante foco de trabajo de cualquier intervención potencialmente exitosa, en el sentido de facilitar un rompimiento de la transparencia de nuestra experiencia cognitiva, develando que nuestras ideas del mundo “acá adentro” no son lo mismo que el mundo “allá afuera”. Este descubrimiento, cuando se produce, constituye un importante paso para la posterior flexibilización del funcionamiento individual y organizacional.
El dominio emocional. Corresponde a las vivencias privadas y subjetivas, que se expresan como pre-disposiciones conductuales de las personas que componen una organización. En términos generales, este dominio debe ser entendido como un ámbito que más que explicable, se experimenta en el propio cuerpo, definiendo a cada momento nuestra posición respecto de los otros, así como nuestras posibilidades de maniobra en el mundo. Constituye el ámbito más relevante para el diseño de cualquier intervención destinada al cambio, puesto que toda persona, grupo, organización o espacio educativo, opera siempre sostenido principalmente por un andamiaje emocional, aún cuando muchos de nosotros, hayamos aprendido a pasarlo por alto[xvi]. Quizás sea esta la razón por la cual, cada vez aparece más evidencia que releva la influencia de aspectos tales como el clima, la empatía, la motivación, el estrés u otros fenómenos de naturaleza emocional sobre los procesos educativos y la gestión en general[xvii].
Puesto que el dominio emocional tiene una importancia meridiana para el funcionamiento de las organizaciones, cuando no se encuentra debidamente potenciado pueden no obtenerse los resultados deseados, aunque se cuente con otros recursos esenciales para el funcionamiento, tales como la experticia técnica, un buen soporte tecnológico o una correcta infraestructura, entre otras condiciones. Así, gran parte del éxito de los proyectos humanos depende de las habilidades de las personas para operar sobre el TH en general y sobre el domino emocional en particular. Esta capacidad tiene como base, la adquisición de destrezas para el reconocimiento de las propias emociones, de modo de poder realizar desde allí las distinciones más adecuadas para funcionar en el mundo. Posteriormente, una vez que las personas han desarrollado la habilidad para reconocer sus emociones, se abre el espacio para el surgimiento de otras capacidades, tales como la habilidad para estimar adecuadamente las emociones de otros o la regulación de las propias emociones entre otras capacidades fundamentales[xviii].
El desarrollo de habilidades emocionales constituye el portal de ingreso al trasfondo humano, sin embargo, estas habilidades no suelen estar adecuadamente desarrolladas en las personas. Muy por el contrario, hablamos de una capacidad en extremo sofisticada, que frecuentemente se ve obstruida por los aprendizajes realizados en etapas tempranas de nuestro desarrollo, aprendizajes que dejan una huella en forma de vacío[xix], respecto de nuestra capacidad natural para responder apropiada y versátilmente a cada desafío que nos pone por delante el ambiente[xx]. Así, estos aprendizajes “erróneos” o “programaciones”, suelen ser núcleo en lo individual, de insatisfacciones, frustraciones y desalientos; y en lo interpersonal, de malos entendidos, conflictos y descoordinaciones.
El dominio interaccional[xxi]. La cognición y la emocionalidad, corresponden a dominios que exceden el ámbito individual pudiendo ser comprendidos también, como fenómenos que conectan unas personas con otras en un dinámico tejido relacional al interior de la organización[xxii]. De esta forma, para caracterizar el TH es necesario recurrir además de los dominios ya expuestos, a un nivel de análisis más amplio que los anteriormente revisados. Este dominio de carácter relacional, adquiere la forma de pautas de interacción que permiten describir los comportamientos de las personas en función de las conductas de los demás. Por ejemplo, el análisis del estilo de liderazgo de un jefe que actúa en forma autoritaria resulta incompleto al considerar de manera exclusiva sus características personales. Una descripción relacional nos permite comprender en qué medida la conducta autoritaria puede verse comprendida en virtud de la actitud oposicionista de los colaboradores y viceversa. Más aún, lo que frecuentemente ocurre en este tipo de situaciones, es que los diferentes implicados se explican a sí mismos su conducta como una respuesta necesaria a las características del comportamiento de sus interlocutores, situación que deriva, en lo comportamental, en un progresivo aumento de la intensidad de las respuestas y, en lo cognitivo, en una rigidización de tales puntos de vista. Aún cuando observamos este dominio principalmente a través de las conductas de las personas, es claro que éste implica también aspectos que rebasan lo comportamental, involucrando procesos cognitivos y emocionales individuales que se manifiestan en la interacción y facilitando por otra parte, la emergencia de procesos intersubjetivos sobre los sujetos que se relacionan[xxiii]. No obstante lo anterior, si nos centramos en los aspectos directamente observables de la interacción, veremos que el funcionamiento de las organizaciones transcurre y es al mismo tiempo, una red de interacciones conductuales. Al caracterizar esta red, encontramos que las dinámicas particulares de comportamiento que le componen, pueden ser más o menos flexibles en lo interpersonal y más o menos satisfactorias o saludables en lo individual.

Globalmente, la flexibilidad o rigidez en la interacción, deriva en gran medida de los aprendizajes que los individuos que componen la organización, desarrollaron tempranamente en sus vidas con personas significativas. No obstante, más allá de la historia particular de cada uno, es interesante observar que la trama organizacional se articula a través del acoplamiento de las características individuales de las personas que componen la organización, facilitando la emergencia de pautas recurrentes de comportamientos que se retroalimentan unos con otros. Dichos acoplamientos pueden dar lugar en ocasiones a conductas funcionales para la organización, mientras que en otras oportunidades este encuentro, pudiera dar pie a la aparición de circuitos interaccionales que dificulten el trabajo. Sin embargo, más allá de los casos puntuales, es necesario considerar en último término que cuando las pautas de interacción son flexibles acomodándose a las características de cada situación en específico, nos relacionamos con naturalidad y espontaneidad con los demás, transformándose el trabajo en una instancia ágil, dinámica y productiva. En cambio, cuando las interacciones que emergen son rígidas, aparecen las tensiones y los conflictos, generándose atascamiento en la productividad de la organización.

Por todo lo anterior, identificar las pautas de interacción existentes en la organización y diseñar acciones para su calibración, constituye al igual que las anteriores dimensiones, un importante ámbito de intervención sobre el Trasfondo Humano. Para planificar cualquier intervención en este nivel, resulta significativo considerar el aporte proveniente del enfoque interaccional[xxiv], modelo que nos permite realizar lecturas globales de las conductas de las personas en la organización, entendidas éstas como una función de las pautas de interacción en las cuales los sujetos se ven inmersos.


CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL TH

Llegados hasta este punto, resulta necesario realizar algunas puntualizaciones a la conceptualización presentada, que permitan contextualizar de mejor forma nuestro modelo y sus objetivos, así como los alcances que en términos de intervención organizacional de él se desprenden.

En los párrafos anteriores hemos descrito con detalle el funcionamiento implícito de las organizaciones, con el objetivo de ampliar el horizonte de intervenciones posibles para el cambio. Lo anterior no implica sin embargo, algún tipo de preeminencia de las estrategias de intervención que se implementan desde el TH, por sobre aquellos cambios generados desde el nivel técnico funcional. De hecho, como todos sabemos, la mayor parte de los cambios organizacionales se realiza normalmente mediante intervenciones intencionadas sobre el TF, a través de diferentes tipos de estrategias que cumplen normalmente con éxito su objetivo de cambio organizacional. De lo anterior se deduce que no existe un ámbito de intervención que sea mejor que el otro como terreno a privilegiar para el diseño de estrategias de cambio. La conceptualización presentada, ha de ser vista entonces como un aporte en términos de ampliar las posibilidades de intervención, visibilizando un ámbito que frecuentemente queda insuficientemente descrito en la literatura organizacional. En este contexto, aseveramos que siempre habrá mayores posibilidades de mejora, cuando ambos niveles (explícito e implícito), sean considerados al momento de tomar decisiones de intervención.

Por otra parte, a fin de no confundir el mapa con el territorio, debemos decir también que la división del trasfondo humano de las organizaciones en 4 dominios particulares, tiene un afán que es básicamente instrumental y que no da cuenta por tanto, de la organicidad que existe entre todos ellos. En los hechos concretos no es posible separar los diferentes componentes del TH puesto que en último término, toda organización funciona como un solo proceso integrado. Al caracterizar cada uno de los dominios, hemos intentado aportar con un conocimiento más profundo del funcionamiento de las organizaciones, distinguiendo diferentes vías de entrada para la intervención. No obstante, aún cuando cada dominio presenta particularidades específicas de funcionamiento, su adecuada comprensión pasa necesariamente por considerar la relación con los dominios restantes, puesto que entre todos ellos existe una estrecha continuidad dinámica.

Si revisamos todo lo dicho hasta ahora, veremos que al analizar las características del TH resalta como una propiedad fundamental de éste, el grado de flexibilidad que presenta su accionar. Afirmamos que un TH calibrado, corresponde a un trasfondo flexible y dinámico que permite la emergencia de prácticas organizacionales versátiles, en sintonía con las demandas situacionales que surgen a cada momento. Por el contrario, un TH que no funciona adecuadamente, corresponde a un trasfondo rígido y/o mecanizado, incapaz de facilitar la emergencia de prácticas organizacionales creativas que respondan adecuadamente a las demandas del medio. Si consideramos las hipótesis planteadas al comienzo de este documento sobre la relación entre TH y TF, todo lo planteado en cuanto a la necesidad de flexibilizar el TH, tiene además una serie de consecuencias sobre el logro de los resultados organizacionales. Vale la pena preguntarse entonces, ¿en qué consiste un trasfondo flexible? La respuesta a esta interrogante presenta algunos matices según se trate de uno u otro dominio de funcionamiento del TH. Cognitivamente, la flexibilización deriva del rompimiento de la transparencia que identifica el mundo con las creencias que tenemos sobré éste[xxv]; emocionalmente, el trasfondo se flexibiliza cuando recuperamos la espontaneidad perdida producto del desarrollo de aprendizajes “erróneos” o programaciones; interaccionalmente, la flexibilización deriva de la introducción de comportamientos alternativos que modifican las pautas de interacción en las cuales participan los diferentes miembros de la organización.


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CALIBRANDO EL FUNCIONAMIENTO DEL TRASFONDO


Teniendo en mente este objetivo general de flexibilización, veamos ahora tres consideraciones finales para el diseño de intervenciones destinadas a optimizar el funcionamiento del TH.


1. Cambiar el funcionamiento de las personas para cambiar el funcionamiento organizacional

En primer lugar, debemos saber que para calibrar el trasfondo, por tratarse éste de un fenómeno característicamente humano, son las personas dentro de la organización, quienes pueden propiciar los ajustes en su funcionamiento. Así, siguiendo a Demming (1986), para cambiar el trasfondo debemos cambiar a las personas dentro de la organización, puesto que el cambio personal actúa como una bola de nieve que gatilla modificaciones en todo el sistema.

Como hemos señalado, cuando hablamos de cambio personal, hablamos de un cambio que opera básicamente en la dimensión emocional, modificando desde ahí el nivel cognitivo e interaccional de los sujetos y de la organización como conjunto. Lo anterior, nos lleva destacar una segunda consideración a tener en cuenta para el diseño de intervenciones sobre el trasfondo: la relevancia del dominio emocional como sustrato básico de cualquier intervención.

2. Todo cambio es un cambio emocional

Aún cuando podemos modificar el trasfondo mediante operaciones en cualquiera de las dimensiones que le componen por separado (puesto que el trasfondo como un todo funciona sinérgicamente), resultan particularmente relevantes para alcanzar los cambios deseados, aquellas intervenciones que se realizan directamente sobre el dominio emocional. Lo anterior, obedece a que este dominio, actúa como el referente experiencial básico para el cambio en los otros tres y en el trasfondo como configuración global del funcionamiento de las organizaciones.




3. Cambiar conductas no garantiza el cambio personal

Por último, para entender mejor de qué estamos hablando cuando hablamos de modificar el trasfondo, tal vez sea bueno contrastar este tipo de cambio con el cambio meramente conductual. Lo anterior implica detenerse a comprender con mayor detalle la manera a través de la cual nos acercamos al fenómeno emocional, realizando un viraje epistemológico que modifique la fórmula que tradicionalmente se utiliza para “alcanzar conocimiento” en nuestra cosmovisión cultural. A sabiendas de aquello, no debiéramos intentar clasificar o explicar de manera genérica el funcionamiento de las emociones, construyendo abstracciones de alto nivel sobre este fenómeno. La idea es más bien, generar las condiciones para que las personas desarrollen habilidades para maniobrar fluidamente sobre el trasfondo. Lo anterior implica propiciar la adquisición y el desarrollo de competencias personales para la detección de estados cognitivos y emocionales propios y ajenos, facilitando también desde allí, la elaboración de adecuadas distinciones interaccionales y contextuales. En síntesis, podemos cerrar nuestras reflexiones, señalando que para la generación de organizaciones más eficaces, con un trasfondo más flexible y dinámico, se requiere además de cualquier estrategia global de cambio, promover en último término el desarrollo de las personas en la organización, facilitando la emergencia de sus habilidades cognitivas, emocionales e interaccionales.


BIBLIOGRAFÍA

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[i] Psicólogo, Doctor (c) en Ciencia Cognitiva, Universidad Complutense, España; Magister en Drogodependencias, Universidad Complutense, España; Magíster (c) en Filosofía Universidad de Chile y Postitulado en Psicoterapia Gestalt E.M.T.G.

[ii] Psicólogo de la Universidad Central de Chile, Magíster en Psicología Clínica: Mención Estudios de la Familia y de la Pareja, en la Universidad Diego Portales. Terapeuta Familiar del Instituto Chileno de Terapia Familiar y Terapeuta Gestáltico
[iii] Los principios que presentamos son tan aplicables a aquellas organizaciones que producen bienes tangibles y concretos, como para aquellas que generan productos absolutamente intangibles, como las empresas de servicios o los establecimientos educacionales, para los cuales este acercamiento puede resultar particularmente relevante.
[iv] Es necesario realizar dos puntualizaciones respecto del uso que hacemos en este documento de la palabra realidad. En primer lugar, debemos decir que con él nos referimos a un dominio que es construido desde fuera por los diferentes actores que le observan en relación con una tradición específica de distinciones. En segundo lugar, hablamos de una realidad que se constituye de forma esencialmente relacional, a partir de la interacción entre los diferentes actores que en ella participan. Lo anterior, cobra especial importancia para los agentes de cambio, en el sentido de considerar que cualquier contacto que se tenga con un determinado dominio de realidad, tiene necesariamente un efecto directo sobre ésta y viceversa. Considerar adecuadamente esta bi-direccionalidad, permitirá el diseño de estrategias de cambio más eficientes y realistas Para mayor detalle de estas ideas denominadas muchas usualmente como Cibernética de Segundo Orden, recomendamos revisar autores como Gregory Bateson, H. Maturana, Heinz Von Foester entre otros.
[v] Si bien distintos autores tales como, Gibson, J. 2006, o Muchinsky, P. 2003 presentan diferentes definiciones de “organización”, la mayoría de ellas coincide en señalar la importancia que tiene el compartir objetivos como un elemento constituyente fundamental de “lo organizacional”.
[vi] Hablamos de procesos explícitos en referencia a aquellos aspectos de la organización que se encuentran declarados, ya sea porque se habla abiertamente de ellos, o porque se encuentran descritos en algún documento constituyente de la organización, tal como un organigrama, una descripción de cargos, un reglamento o un flujo de procedimientos entre otros. La distinción explícito / implícito ha sido tomada de la ciencia cognitiva, campo de conocimiento en el cual ha sido ampliamente estudiada en relación con procesos tales como el aprendizaje y la memoria. En términos generales, cuando hablamos de conocimiento explícito en este contexto, hacemos referencia al carácter declarativo consciente que presentan algunos fenómenos cognitivos, en oposición a otros que si bien pueden ser representacionales, no se instancian en la mente individual como una actitud proposicional consciente. Para una discusión crítica sobre la dicotomía implícito / explícito, sugerimos ver Pozo, J (2001).


[vii] Hemos tomado prestado el concepto “trasfondo” de John Searle, quién lo utiliza para dar cuenta de las habilidades y conocimientos implícitos no intencionales, que se encuentran detrás de la emergencia de la consciencia. Por otra parte es necesario puntualizar que utilizamos el adjetivo “humano” para referirnos al trasfondo, no porque no pueda decirse lo mismo del nivel técnico funcional. Como ya hemos señalado, ambos niveles de funcionamiento dependen directamente de las personas que componen la organización, sin embargo, nos parece que el TH a pesar de constituir un nivel directamente experimentado por las personas, producto de no encontrarse explicitado (como el TF), suele invisibilizarse configurándose la comprensión de la organización como un asunto exclusivamente técnico y funcional.
[viii] Muchos autores diferencian entra las llamadas “hard skills” como aquellas “habilidades requeridas para llevar a cabo una determinada tarea y adquiridas por medio del entrenamiento y la educación, o aprendidas en el trabajo” y las “soft skills “-denominadas también people skills o habilidades para la relación con la gente, que serían la suma de características de la personalidad, desenvoltura social, habilidades en el lenguaje, camaradería y optimismo que nos identifican a cada uno de nosotros.
[ix] Obviamente, esta tendencia es coherente con la historia cultural occidental que ha prestado especial interés a los eventos explícitos y conscientes, fruto de su tradición de pensamiento científico. Para mayores detalles sobre este punto, recomendamos revisar Berman (1987).
[x] Es preciso señalar que relaciones de este tipo pueden encontrarse (aunque con un lenguaje diferente) presentes en estudios de diferentes autores tales como Rodríguez y Estrada, 1985 y Repentti, R., 1987.
[xi] Los distintos elementos que conforman la red y que configurarían el Trasfondo, se corresponden con los diferentes niveles de análisis de la mente humana. Estos niveles son identificados por la ciencia cognitiva a partir de autores como Jackendoff (1998) o Pozo (2001) entre otros.
[xii] Conocimiento en el sentido de tener acceso, percibir algún hecho o generar una explicación respecto al fenómeno vivido.
[xiii] Nuestra tradición de análisis sobre estos temas, ha enfatizado el estudio de la organización como un hecho objetivo ajeno a la experiencia de los individuos, diseñándose estrategias de cambio coherentes con esta visión. No obstante, para una mejor comprensión del trasfondo debe tenerse en cuenta la manera a través de la cual las diferentes dimensiones que le componen, son experimentadas por los actores organizacionales. Lo anterior, tiene directas repercusiones sobre las estrategias de cambio que se diseñen, permitiendo proyectar mayor diversidad de alternativas de intervención según se trate de experiencias vivenciadas “desde dentro” o “desde fuera” por los sujetos que componen la organización.

[xiv] No hemos desarrollado mayormente las características de este dominio, puesto que si bien sabemos que actividad humana surge del sustrato físico y vivencial que configura nuestra corporalidad, no es menos cierto que la tendencia cultural considera escasamente el movimiento y la dinámica corporal como factores de cambio en el trabajo. Probablemente, aportes como la actividad física en la empresa u otras intervenciones con el cuerpo visto como parte de la psique, pudieran constituir en el futuro interesantes herramientas de modificación del trasfondo humano. Para lo anterior, se requiere indudablemente de importante cambios culturales.
[xv] El problema de la cognición implícita es un asunto muy estudiado por la psicología cognitiva y la neurociencias, tanto en lo que se refiere al proceso de adquisición de información (aprendizaje) como respecto de su almacenamiento (memoria)
[xvi] Como certeramente lo refiere la psicoterapia gestalt, especialmente la evitación de aquellas emociones que son experimentadas como displacenteras, puede dar lugar al surgimiento de un vacío en nuestra capacidad natural para responder apropiadamente a las demandas ambientales que nos plantea a cada momento la vida.
[xvii] Esta situación tiene su contraparte en el estudio científico de la mente, a partir de los aportes entregados por las neurociencias. En particular, resulta interesante revisar los estudios de Damasio (1994), quién mediante su hipótesis de los marcadores somáticos presenta fuertes pruebas de la influencia de variables emocionales en el procesamiento cognitivo para la toma de decisiones.
[xviii] Es evidente que hemos tomado estas distinciones de la teoría de la inteligencia emocional de Daniel Goleman (2000). No obstante, debemos resaltar una vez más que en nuestra conceptualización, el foco de interés esta centrado en el trasfondo como red, más que en la identificación de las competencias individuales que presentan las personas que componen una organización.
[xix] La ausencia de recursos para afrontar las distintas demandas que nos ofrece la vida, ha sido ampliamente desarrollada por la terapia gestalt. Para una revisión al respecto recomendamos ver Naranjo (2002).
[xx] Aproximaciones psicológicas relativamente recientes como la Teoría del Apego, muestran evidencia del efecto que tienen aprendizajes tempranos, condicionando el funcionamiento emocional de las personas. Paralelamente, aportes provenientes desde distintos frentes de la psicoterapia, resaltan el potencial de cambio implicado en la percatación de las reacciones emocionales automáticas.
[xxi] Es preciso señalar que si bien utilizamos este concepto considerando las distinciones aportadas por el enfoque interaccional, nuestro uso del término “interacción” no remite exclusivamente a esta escuela. En particular, porque nos parece que bajo este enfoque no quedan adecuadamente cubiertas las diferentes dimensiones mentales que participan cuando dos o más personas interactúan.
[xxii]Es interesante considerar que la intensidad de las conexiones interpersonales, depende del nivel de recurrencia y dependencia existente entre las personas que interactúan. Así por ejemplo, la familia constituye el contexto relacional más significativo, puesto que se encuentra directamente asociada a las posibilidades de supervivencia del sujeto y por otra parte, se constituye durante etapas de desarrollo muy tempranas, impactando fuertemente el desarrollo del sistema nervioso. Fruto de lo anterior, la relación con los cuidadores moldea las particulares disposiciones individuales a la conducta interpersonal, que posteriormente pueden ser generalizadas a otros espacios. Por otra parte, y muy posiblemente asociado también a razones de sobrevivencia y de recurrencia, los contextos laborales y educativos constituyen otros de los espacios más relevantes de la interacción humana.

[xxiii] Este hecho, que algunos teóricos de la conducta grupal denominaron interaccionismo simbólico, ha sido muy investigado en el último tiempo recibiendo un gran respaldo empírico al interior de la ciencia cognitiva. En particular, resultan destacables las investigaciones enmarcadas en el modelo conocido como Teoría de la Mente y más actualmente, las investigaciones neurocientíficas sobre las neuronas espejo. Para una revisión sobre teoría de la mente recomendamos ver Riviére y Núñez (2001), mientras que para una revisión sobre neuronas espejo sugerimos ver Sassenfeld (2008).
[xxiv] Particularmente relevante para entender estos aspectos, resultan de interés los axiomas de la comunicación humana postulados por Paul Watzlawick y colaboradores (1983). En particular resulta clave el postulado que da cuenta de los niveles de contenido y relación existentes en toda interacción humana. Esta distinción, permite visualizar por ejemplo, que la mayor parte de las conversaciones que ocurren en toda organización giran en torno al nivel de contenido, invisibilizándose por tanto el nivel relacional. Para mayor detalle, revisar “Teoría de la Comunicación Humana” de P. Watzlawick y colaboradores.
[xxv] Confusión entre mapa y territorio, principio de Alfred Korzybski destacado por Bateson en “Espíritu y naturaleza”.

viernes, 28 de septiembre de 2007

¿Qué es la Ciencia Cognitiva? Algunos Aspectos Esenciales para Acercarse a su Comprensión Rodolfo Bächler, El Mundo de la Psicología 2007

Neurociencia, inteligencia artificial y psicología cognitiva, son términos que resuenan cada vez más fuerte entre los diferentes profesionales vinculados a los fenómenos humanos. Hablamos de la “Ciencia Cognitiva”, un área de investigación interdisciplinaria para el estudio de la mente que cobra cada vez más importancia e interesados en el mundo y al cual Chile ha aportado por lo demás con destacados investigadores. Así, sin pretender ser exhaustivos, destacamos sobre todo a Francisco Varela, quien a través de sus líneas de investigación denominadas como “Enactivismo” y posteriormente “Neurofenomenología”, contribuyó enormemente al desarrollo de lo que hoy se conoce como Enfoques Corporalizados de la mente[1]. Por otra parte, resultan también destacables entre otros, el trabajo de Fernando Flores en colaboración con Winograd[2], y más recientemente la investigación del psicólogo Rafael Nuñez en la Universidad de California.

No obstante lo anterior, este campo de conocimientos resulta todavía algo desconocido en nuestro país. Más aún, las mallas curriculares de la mayoría de nuestras escuelas de psicología exhiben generalmente una escasa presencia de los conocimientos y disciplinas vinculadas a la Ciencia Cognitiva. Dentro de la formación de los futuros psicólogos, no existe una reflexión sistemática referida al entendimiento de lo que la mente es. La presentación de teorías y conceptos se realiza todavía desde un punto de vista preferentemente histórico e ideológico, razón por la cual, aún cuando los psicólogos trabajamos todos los días con los fenómenos mentales, no siempre contamos con una reflexión acabada y actualizada sobre lo que la mente es.

El siguiente artículo revisa algunas de las teorías y conceptos desarrollados por este campo interdisciplinar que pudieran ser más relevantes en el sentido anteriormente expuesto. El espíritu de la presentación se centra en entregar aquellos “tips” o “links” que faciliten al lector una indagación con mayor detalle de forma independiente. Lejos de pretender ser ésta una revisión acabada, constituye tan sólo una introducción resumida de algunos aspectos esenciales de este campo de estudio.


El Estudio de la Mente

¿Qué es la mente? ¿Existe realmente algo así como la mente? Cuando nos referimos a la existencia de la mente, parece ser que no estamos haciendo referencia a una ontología similar a la de una mesa, por ejemplo. ¿Cómo es entonces su existencia? ¿Podemos decir que existe algo si no estamos aludiendo a una existencia física? ¿Cómo podría ser una existencia de otro tipo? Estas y otras preguntas relacionadas, nos llevan hasta un problema que ha ocupado gran parte de la actividad de la filosofía durante varios cientos de años y que hace aproximadamente 4 décadas, intenta responder la Ciencia Cognitiva, rescatando la mente del terreno místico y acercando su comprensión al ámbito de la explicación científica. Contrariamente a lo que los psicólogos pudiésemos pensar, esta pregunta dejó de ser hace algunos años, territorio de investigación exclusivo de la psicología, abriendo sus puertas a una serie de disciplinas que colaboran en el marco de lo que hoy se define como Ciencia Cognitiva


¿Qué es la ciencia cognitiva?

La Ciencia Cognitiva es un campo interdisciplinario constituido por la antropología cognitiva, la inteligencia artificial, la filosofía de la mente, la psicolinguística, la neurociencia y la psicología cognitiva entre otras disciplinas (Gardner 1988). Se trata de un esfuerzo por abordar desde diferentes enfoques, un fenómeno tan complejo como lo son los estados mentales. Probablemente de todas las ciencias implicadas en este intento, ha sido la inteligencia artificial aquella disciplina que mayor influencia tuvo en el surgimiento y el desarrollo de la Ciencia Cognitiva. Lo anterior, obedeció a la necesidad de generar modelos de comprensión de los fenómenos mentales que cumplieran como requisito básico con la condición de implementabilidad física. Es decir, en la esencia de la Ciencia Cognitiva (al menos en sus orígenes), se encuentra la idea de que para comprender lo qué la mente es, debemos contar con sistemas de modelamiento físico de ella que nos permitan estudiarla desde un punto de vista no exclusivamente teórico. Esta es tal vez, la diferencia más radical que este nuevo enfoque ofreció respecto de los intentos llevados a cabo con anterioridad por la filosofía y la psicología.


¿Cuáles son los enfoques existentes en Ciencia Cognitiva?

El Cognitivismo

El desarrollo de la teoría de la computación (Turing y von Neumann entre otros) y posteriormente el surgimiento de los computadores como entidades concretas, constituyó un paso central para el desarrollo de la Ciencia Cognitiva. Los computadores dieron pie a la construcción de una analogía “casi perfecta” para entender la relación cuerpo mente. Mediante este avance tecnológico, la relación cerebro mente fue entendida como un símil de la relación hardware software y la ciencia tuvo de este modo, una idea general y creíble respecto de cómo podían vincularse ambos tipos de sustancias descritas confusamente por Descartes (res extensa y res cogitans). Esta analogía, ofreció por primera vez una idea de la mente que fuese compatible con el mundo material. Los fenómenos mentales fueron redefinidos como actitudes proposicionales, y la cognición pasó a ser entendida como computación sobre representaciones simbólicas; representaciones que adquieren realidad física mediante la forma de un código simbólico en el cerebro o en una máquina. La Teoría Representacional de la Mente (TRM) es un paso clave en este desarrollo, puesto que retoma el valor explicativo de los estados mentales (creencias, deseos, etc.), pero lo hace desde un punto de vista radicalmente distinto a aquel que se encuentra presente en las teorías introspeccionistas previas, constituyéndose como una nueva teoría acerca de los estados mentales que no resulta incoherente con los requisitos establecidos para el tipo de explicación considerada científica.

La maniobra anterior, se encuentra en el corazón del que ha sido por muchos años el enfoque de investigación dominante en ciencia cognitiva: el enfoque cognitivista[3]. Sin embargo y como era esperable que sucediera, no tardaron muchos años en aparecer importantes críticas y avances sobre estos planteamientos, (según veremos a continuación), los cuales dieron origen a nuevos enfoques de comprensión de la mente dentro de la Ciencia Cognitiva. No obstante lo anterior, según Clarck (2001), el cognitivismo sigue siendo el paradigma central para la comprensión de la cognición y la mente. Desde este punto de vista, el resto de las ideas y teorías existentes no constituirían tanto nuevas teorías opuestas a un modelo cognitivista dominante, sino más bien aportes complementarios desde distintos ámbitos a lo que sigue siendo el modelo y proyecto rector de investigación en Ciencia Cognitiva. Así, el cognitivismo, descrito someramente en los párrafos anteriores, ha permitido grandes avances en el camino de profundizar en la comprensión de la mente, entre los cuáles se cuentan según Rivière (1995):

· El haber proporcionado un enorme cantidad de conocimientos sobre la mente y su estructura
· El haber permitido un progreso en la investigación a un ritmo apreciable a pesar (o gracias a) su neutralidad biológica e independencia de las descripciones subjetivas de lo mental
· El haber entregado un sentido concreto a la idea de la mente como conjunto de capacidades con interdependencias funcionales relativamente bien definidas
· El haber demostrado que es una ciencia objetiva de lo mental
· El haber sido mucho más precisos, explicativos y respetuosos con la complejidad de lo mental que los enfoques psicológicos anteriores.

Todas estas ventajas, permitieron que el enfoque cognitivista computacional se consolidase como el paradigma oficial en Ciencia Cognitiva, sin embargo, a pesar de todo lo anterior, quedaron lógicamente algunos problemas sin resolver los cuales dieron pie al surgimiento de importantes cuestionamientos provenientes desde distintos frentes disciplinarios. Desde la Filosofía de la Mente[4] por ejemplo, provino la que puede ser considerada la mayor crítica al modelo computacional como paradigma de comprensión de los estados mentales. John Searle[5] y su crítica conocida como la “habitación china”, sentó las bases para una serie de cuestionamientos en torno a lo que el llamó Inteligencia Artificial Fuerte (la idea de cognición como computación sobre representaciones simbólicas exclusivamente). El argumento demostró por la vía lógica que la sintaxis por si sola, no tiene sentido si no es considerada dentro de un contexto de contenidos semánticos. De esta forma, en la cognición humana, a diferencia de los computadores, habría algo más que símbolos y reglas para su manipulación, característica que Searle refiere como la semanticidad de los estados mentales. Por otra parte, desde la misma Inteligencia Artificial, los investigadores dieron hace algunos años, un giro en su definición de lo que consideraban como las actividades más representativas de la cognición humana. De esta forma, el problema a resolver por la robótica y la inteligencia artificial, pasó de ser el diseño de máquinas capaces de jugar ajedrez o resolver complejos problemas matemáticos, a la construcción de máquinas que emulen la inteligencia de un bebé o un insecto, sistemas que logran moverse adaptativamente en un mar de estímulos caóticos[6]. Finalmente, desde las neurociencias, se dio pie al cuestionamiento de la cognición como computación puesto que al avanzar las técnicas de observación del cerebro en funcionamiento, los científicos comenzaron a tomar consciencia de la falta de robustez biológica de los modelos computacionales de la mente. La constatación del cerebro puesto en acción se parece más a una red de conexiones que funcionan en paralelo y no tanto a un sistema computacional algorítmico y lineal. Así, para autores como Rivière (1995), el enfoque cognitivista sólo resultaba fecundo si se entendía como una metáfora de lo que en verdad ocurre con la mente, ya que su interpretación literal resultaba poco inteligible e inconsistente con los conocimientos aportados por la biología. De esta forma, con el paso de los años fueron surgiendo nuevos modelos y enfoque para comprender la mente, que tuvieron consideración las falencias del cognitivismo, según se resume a continuación.


El enfoque Conexionista.

Se desarrolla en parte a través de una re-valorización de las críticas a la visión de la lógica como el enfoque dominante para la comprensión de la mente. Este resurgimiento ocurre hacia finales de la década de los 70, a partir de los descubrimientos de las ideas auto-organizativas en física y matemática no lineal.

El conexionismo, también llamado emergencia, demostró a partir del estudio del cerebro, que la clave de la cognición no se encontraba en descripciones simbólicas abstractas, sino que en componentes no inteligentes (neuronas) que apropiadamente interconectadas dan origen a propiedades globales. El funcionamiento de varios elementos correlacionados (red) posibilita así la emergencia de una cooperación global, y en este sistema no se requiere por tanto, una unidad procesadora central que guíe toda la operación. Es interesante constatar que los avances en este sentido no provienen únicamente desde las neurociencias, sino que tienen su contrapartida en los sistemas computacionales conocidos como redes neuronales artificiales[7]

El Enfoque Enactivo
Para Varela (2000), el enfoque enactivo surge de un cuestionamiento de la noción de representación como el pivote central de la cognición. La cognición desde este punto de vista, no consiste en representar un mundo pre dado, sino más bien en plantear las cuestiones relevantes que van surgiendo en cada momento de nuestra vida. Lo relevante es definido por “sentido común” en base a consideraciones de un contexto, cuestiones que no son pre definidas, sino que enactuadas. Las cuestiones relevantes se hacen emerger desde un trasfondo, entendiendo por ello al fenómeno de la interpretación al que se refieren Martín Heidegger, Maurice Merleau Ponty y Michel Focault, como una crítica al modelo de representación. La interpretación hace referencia a la actividad circular que eslabona la acción y el conocimiento, al conocedor y al conocido en un círculo indisociable. El término enacción enfatiza de esta forma la actuación por sobre la representación. Para el enfoque enactivo, no puede haber mente desencarnada. La mente surgiría evolutivamente a través de un proceso que involucra de manera fundamental la manipulación sensorio – motriz. Para reflexionar sobre este problema, Varela, introduce el concepto de “clausura operativa”. Un sistema que tiene clausura operativa, es un sistema en el cuál los resultados de sus procesos, son esos procesos mismos. De acuerdo a esta idea, los procesos, en su propia operación, se vuelven sobre sí mismos para formar redes autónomas. De este modo, estos sistemas, en vez de representar un mundo independiente, enactúan un mundo como dominio de distinciones que es inseparable de la estructura encarnada por el sistema cognitivo.

Hemos revisado así, algunos conceptos y enfoques que forman parte de este amplio mundo conocido como Ciencia Cognitiva. La revisión, como era de esperar, resulta sesgada y ha dejado muchísimos temas y posturas que desde otro punto de vista pudieran ser relevantes. Por esta razón, invitamos a los lectores interesados a continuar la exploración por cuenta propia. En Chile existen algunos centros y personas dedicados a la investigación en Ciencia Cognitiva que pueden servir de puerta de entrada a los diferentes temas y autores pertenecientes a este campo de investigación. Entre estos podemos citar:
http://www.estudioscognitivos.uchile.cl/
http://www2.udec.cl/gruposdinv/disciplinas/humanidades/03.F2.10/index.htm
http://neuro.udp.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=18&Itemid=60
http://www.psiquiatriauc.cl/francisco_aboitiz
http://mindbriefings.blogspot.com/
http://cognitivachile.blogspot.com/


Por otra parte, en el mundo existen numerosos centros dedicados a la investigación en Ciencia Cognitiva, de los cuales sugerimos visitar en línea:

http://web.mit.edu/bcs/http://assc.caltech.edu/index.htm
Referencias

[1] Ver Varela, F.; Thompson, E.; y Rorsch, E. (1992). De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Barcelona, Editorial Gedisa
[2] Ver Winograd, T.; Flores, F.; Sirís, J. (1989) Hacia una comprensión de la informática y la cognición. Ed. Hispano Europea.
[3] Con algunos matices diferenciales, este enfoque es conocido también como representacionalismo, computacionalismo simbólico y/o funcionalismo computacional.
[4] Para una revisión de posturas en filosofía de la mente ver http://cogprints.org/view/subjects/phil-mind.html
[5] Para mayores detalles puede revisarse la página de Searle: http://ist-socrates.berkeley.edu/~jsearle/
[6] Para un ejemplo de la investigación y el desarrollo tecnológico desde este punto de vista ver: http://es.youtube.com/watch?v=bCK64zsZNNs&mode=related&search=
[7] Ver por ejemplo: http://es.wikipedia.org/wiki/Redes_neuronales

miércoles, 1 de agosto de 2007

Psicología y psicoterapia gestalt: una relación confusa

Rodolfo Bächler
Publicado originalmente en Revista Figura y Fondo. México, 2004
Acceda al artículo original aquí


PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA
 
El vínculo entre la psicología de la forma y la terapia gestalt es un asunto confuso. Con relación a este tema, hay quiénes sostienen, como lo hace Claudio Naranjo, que a Fritz Perls no le interesaban mayormente las ideas de la psicología de la forma. Según Naranjo(l), Fritz utilizó la metáfora figurafondo como una alternativa a consciente-inconsciente, amparándose en una teoría que por entonces se encontraba en boga en el mundo científico (la psicología de la gestalt), con el fin de obtener un respaldo teórico que fortaleciera su debilitada credibilidad como intelectual. De acuerdo con esta afirmación, según Naranjo es poco lo que se puede decir sobre esta relación, puesto que se trata simplemente de una metáfora de perogrullo y nada más. Sin embargo, si bien parece ser que a Perls no le preocupaba mayormente este tema, a Paul Goodman, considerado como quién le otorgó el fundamento filosófico, político y humanista a la psicoterapia gestalt, no le ocurría lo mismo. Taylor Stoehr(2) describe en la biografía de Goodman, como éste último, se encontraba profundamente interesado en las conexiones de la psicología de la forma con la psicoterapia gestalt. Goodman, llegó incluso a enviar sus escritos a los teóricos de la Gestalttheorie con la esperanza de iniciar un intercambio de ideas. Desafortunadamente, los investigadores de la psicología de la forma no respondieron favorablemente a los intentos de Goodman.
¿Hasta que punto podemos hablar de un vínculo entre psicología y psicoterapia gestalt? ¿Se trata, como señala Naranjo, de una metáfora advenediza utilizada por Perls y nada más, o bien podemos pensar en caminos de integración entre ambos quehaceres? ¿Pueden aportar algo las ideas de la psicología de la forma al desarrollo de la psicoterapia gestalt? Y por último, ¿es posible trazar un puente que comunique de manera natural el fenómeno de estudio de la psicología de la forma con el tema de estudio de la terapia gestalt? El objetivo de este trabajo, será reflexionar a la luz de estas preguntas, indagando las posibles relaciones entre la psicología de la forma y la terapia gestalt. El análisis, no se centrará tanto en el origen de la psicología y la terapia gestalt tal cual la concibieron sus creadores, sino más bien, en una revisión del problema, a la luz de los desarrollos actuales en psicología y ciencias cognitivas.
EL ESTUDIO DE LA MENTE
La psicología de la gestalt constituye uno de los antecedentes teóricos de las modernas ciencias cognitivas. Estas últimas, corresponden a una línea de investigación que agrupa a diferentes ramas del conocimiento, que desde diversas ópticas se ocupan del estudio de la mente (inteligencia artificial, psicología, neurociencias, lingüística y en ocasiones antropología y filosofía de la mente). Originalmente, la psicología de la gestalt constituye una disciplina que estudia los procesos mentales de percepción y las leyes que los gobiernan. La psicoterapia gestalt en cambio, constituye en parte una teoría de la mente, pero sobre todo, una práctica orientada al bienestar psicológico.

Hilary Putnam(3), señala que la noción de mente no es muy antigua. El autor, plantea que sí bien la palabra mente o sus antecesores clásicos, el término latino mens y el griego psyche son muy antiguos, el concepto mente tal cual lo reconocemos hoy en día, es más bien nuevo dentro de la historia de la filosofía. Si retrocedemos en el tiempo, podemos ver que es Aristóteles, quién primero se plantea el problema de la psyche, en lo que puede ser considerado el primer trabajo de psicología, su obra "De Anima". La preocupación de Aristóteles sin embargo, dista mucho de coincidir con el actual concepto de mente, puesto que su psyche, abarcaba funciones físicas como la reproducción y la digestión. Putnam, piensa que la noción aristotélica de psyche, coincidiría más bien con el concepto extremadamente moderno de organización funcional (similar al concepto gestáltico de organismo). Por lo tanto, si bien podemos encontrar una exhaustiva descripción de Aristóteles respecto de aspectos relacionados con la vida mental, uno no encuentra en su obra, el problema mente-cuerpo en su sentido moderno. Revisando la historia de la filosofía, Putnam encuentra que con las concepciones medievales ocurre algo similar, ya que Aquino por ejemplo, tenía una elaborada psicología, pero no distinguía el problema como lo hacemos actualmente. El problema mente-cuerpo es un problema que tiene un origen reciente, probablemente a partir de la obra de Descartes. Putnam se pregunta entonces, ¿es obvio que existe algo llamado mente cuyos contenidos incluyen todos mis recuerdos, ya los esté o no trayendo a mi memoria, pero cuyas funciones no incluyen la digestión o la reproducción? ¿O estamos atrapados por una imagen, una imagen cuyos orígenes son de algún modo accidentales y cuya lógica, una vez que es examinada, no es convincente? Este es el problema que retornan actualmente las ciencias cognitivas, y algunas de las preguntas que se formulan son: ¿es posible la existencia de una entidad no material como la mente? Si esto es así, ¿cómo es que se relaciona
entonces con el substrato material?

EL PROBLEMA MENTE-MENTE
Una versión más nueva del problema señalado anteriormente, es la que plantea Ray Jackendoff(4). Este autor examina la dificultosa relación entre dos aspectos de “lo mental” que él denomina mente computacional y mente fenomenológica. El primer aspecto, (denominado Mente 1), hace referencia a los procesos de manipulación de símbolos que realiza la mente y que han sido ampliamente desarrollados mediante la hipótesis cognitivista. El segundo, componente, (denominado Mente 2), alude a la experiencia vivida de aprehensión del mundo (o conciencia) que presenta la mente. Las ciencias cognitivas, a través de su hipótesis cognitivista, diferencian claramente entre ambos tipos de proceso, no obstante, la cognición se dirige hacia el mundo de una forma no dicotómica, es decir como una experiencia, o como un mundo vivido, donde la consciencia ocupa un rol primordial. Si efectivamente existen estos dos procesos mentales diferentes, ¿cuál es el tipo de relación que se establece entre ellos? ¿Cómo se produce el puente
entre la cognición computacional y la experiencia consciente? Este es el problema que Jackendoff denomina mente-mente y lo define según sus propias palabras como: "El resultado, es que la psicología ahora no tiene dos dominios de qué ocuparse, el cerebro y la mente, sino tres: el cerebro, la mente computacional y la mente fenomenológica. En consecuencia, la formulación cartesiana del problema mente-cuerpo se divide en dos interrogantes. El problema "mente fenomenológica-cuerpo"... es: ¿cómo puede un cerebro tener experiencias? El problema "mente computacional-cuerpo" es: ¿cómo puede un cerebro efectuar razonamientos? Además, tenemos el problema mente-mente: ¿cuál es la relación entre los estados computacionales y la experiencia? En relación con éste último problema, Jackendoff piensa que los elementos de la aprehensión consciente son causados / respaldados / proyectados a partir de la información y los procesos de la mente computacional" En otras palabras, este autor propone considerar la aprehensión consciente como una externalización o proyección de un subconjunto de elementos de la mente computacional. Esta posición resulta cercana a la postura de la Inteligencia Artificial Fuerte (lA), que plantea que la mente consiste básicamente en funciones algorítmicas, y que la única diferencia entre la inteligencia artificial en su grado de desarrollo actual y la mente humana, consiste en el grado de complejidad de los algoritmos. Para Jackendoff, los elementos que proyectan o respaldan la aprehensión consciente, se corresponden con representaciones de nivel intermedio de la mente computacional, es decir, con representaciones que están a medio camino entre el nivel más periférico o sensorial y el nivel más central o intelectual. De acuerdo con esta teoría, todo fenómeno consciente, debiera encontrarse respaldado por una distinción computacional.

PSICOLOGIA Y PSICOTERAPIA GESTALT:¿ LA NECESIDAD DE UN
CAMINO INTERMEDIO?
Las distinciones planteadas en el punto anterior, resultan útiles para analizar el problema de la psicología y terapia gestalt señaladas al comienzo de este artículo y reflejadas en las siguientes preguntas:
¿Hasta que punto podemos hablar de un vínculo entre psicología y psicoterapia gestalt?
¿Pueden aportar algo las ideas de la psicología de la forma al desarrollo de la psicoterapia gestalt?
¿Es posible trazar un puente que comunique de manera natural el fenómeno de estudio de la psicología de la forma con el tema de estudio de la terapia gestalt?
Planteo que no podemos dar respuestas efectivas a estas preguntas, si no consideramos previamente las distinciones entre Mente 1 y Mente 2 que nos ofrecen las ciencias cognitivas. La enorme dificultad que ha existido en la psicoterapia gestalt, para conciliar su desarrollo teórico con las ideas de la psicología de la forma, tiene su razón de ser en la ceguera de los distintos autores, respecto del hecho que ambas disciplinas se han ocupado de diferentes aspectos de la mente. La psicología de la forma se ocupó de estudiar el problema de la cognición (Mente 1), es decir, de la identificación de los patrones o regularidades que operan en la mente cuando esta intenta conocer el mundo. Para ello, estableció distinciones como organización, figura-fondo, agrupación, marcos de referencia, etc. La terapia gestalt en cambio, se ha dedicado a analizar otras aristas de la mente, relacionadas más bien con la conciencia (Mente 2), centrando su preocupación en temas como el darse cuenta, sueños, mecanismos de defensa tales como proyecciones, retroflexiones, etc. Si observamos el problema desde la mirada de las ciencias cognitivas, podemos percatarnos que la psicología de la forma dedicó sus esfuerzos a comprender el funcionamiento de lo que hoy conocemos como “mente computacional”(Mente 1), no obstante, al no contar los teóricos de la psicología de la gestalt con la metáfora de los ordenadores, hicieron referencia a dichos procesos mentales mediante términos tales como “configuración de totalidades” y no como “procesos algorítmicos” tal cual lo hacen los científicos cognitivos actualmente. La psicoterapia gestalt por su parte, se ha encargado de analizar el funcionamiento de la mente fenomenológica (o mente 2). La relación entre ambos temas puede resumirse adecuadamente cómo el problema mente-mente planteado por Jackendoff, es decir, es decir, el problema relativo al cómo se produce el paso desde la cognición a la experiencia.
Nos encontramos frente a un quiebre teórico-experiencial. Científicamente, sabemos que nuestra mente opera a través de leyes que gobiernan nuestra percepción, (procesos computacionales, distinciones figurafondo, o como se les quiera denominar), pero vivencialmente, experimentamos una realidad distinta. La psicoterapia gestalt ha trazado una fructífera metodología para el trabajo con las experiencias (mente 1) no obstante, no logra explicar adecuadamente (como no lo hace ninguna escuela psicológica por lo demás), cómo se relacionan estas vivencias con los procesos mentales que se encuentran detrás (mente 2). La psicoterapia gestalt ha incurrido en errores teóricos importantes, al intentar utilizar un lenguaje propio de los procesos cognitivos de la mente computacional, para referirse y analizar aspectos que corresponden a la mente fenomenológica. El problema central desde mi punto de vista, no consiste tanto en no tener una adecuada respuesta a la relación existente entre ambos aspectos de la mente (problema mente – mente), sino más bien, en el hecho de confundir los planos de análisis respecto del estudio de lo mental. La psicología no ha sido capaz de dar respuestas explicativas respecto de la relación entre los distintos aspectos de la mente y de todos ellos con el
cuerpo. Más aún, tal y como ha transcurrido el desarrollo de esta disciplina, este problema es considerado hoy en día un terreno de estudio ajeno a la psicología, más cercano a la filosofía de la mente y a las ciencias cognitivas en general.

Considerando el panorama descrito, no podemos criticar a la psicoterapia gestalt por no ofrecer soluciones en torno a un problema que la psicología en su conjunto, no logra abordar de manera efectiva. Lo que si es exigible a la psicología y a cualquier disciplina científica (la terapia gestalt entre ellas), es que defina adecuadamente su campo de estudio. Esta última condición no se encuentra cubierta en absoluto por la psicoterapia gestalt. Por el contrario, esta escuela presenta importantes errores conceptuales al intentar forzada y confusamente, tender un puente lingüístico y conceptual entre ambos aspectos de la mente. Esta situación no es posible, puesto que no se encuentra al alcance del desarrollo teórico de la psicoterapia gestalt, ni de la psicología científica en su totalidad. Más aún, la compleja relación entre los aspectos computacionales y fenomenológicos de la mente y su vínculo con el cerebro, es un asunto que se encuentra aún muy lejos de ser respondido por las ciencias cognitivas.
Por todo lo anterior, considero que la única vía de solución posible para la psicoterapia gestalt respecto de este problema, es continuar abordando (como lo ha hecho exitosamente hasta ahora) el funcionamiento fenomenológico de la mente y su expresión en el desarrollo y felicidad de los seres humanos.
BIBLIOGRAFIA
1 Peñarrubia F., Fritz Perls según Claudio Naranjo en Manual del Curso Superior de Terapia Gestalt de Madrid. Apuntes de la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt.
2 Stoehr T., Aquí, Ahora y lo que viene: Paul Goodman y la psicoterapia Gestalt en tiempos de crisis mundial. Santiago de Chile. Editorial Cuatro Vientos. 1998
3 Putnam H., La Herencia del Pragmatismo. Barcelona. Editorial Paidós. 1997
4 En Varela J. F., Thompson E. y Rosch E., De Cuerpo Presente: las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Barcelona. Editorial Gedisa. 1992

Conciencia y lenguaje: análisis del vínculo proyecatado a través de la intencionalidad

Rodolfo Bächler. Gaceta de psiquiatría Universitaria, año 2, volumen 2, Nº4, diciembre de 2006
Acceda al artículo en la revista aquí

El siguiente trabajo, constituye un ejercicio de análisis acerca de la relación entre la conciencia y el lenguaje a partir del vínculo que tiende entre ambos dominios la intencionalidad de los estados mentales. Para ello, se realiza en primer lugar una revisión de las características de la conciencia a partir del trabajo de Wallace Chafe, autor que distingue las diferentes propiedades de la conciencia según se manifiestan en el lenguaje. En segundo lugar, se analiza la estructura de los estados conscientes distinguiendo las principales dimensiones de la conciencia y su relación con el lenguaje, para concluir analizando cómo la intencionalidad de los estados mentales establece un puente conectivo entre la conciencia y el lenguaje. Se postula que la intencionalidad, entendida ésta como la propiedad de la mente de “estar dirigida a”, es proyectada en el lenguaje permitiendo la significación a través de las palabras. De este modo, el lenguaje, como transmisor de significados, constituiría un código sobre el cuál se proyecta la capacidad de representación de la mente o intencionalidad, por lo que -en último término- un análisis de la semántica presente en el discurso con independencia de los procesos mentales que lo sustentan (conscientes / intencionales), sería un esfuerzo vacuo.



Palabras claves: conciencia, intencionalidad, lenguaje.
La Conciencia y su Rol Respecto de los Estados Mentales

En contraste con el paradigma dominante en ciencia cognitiva, para algunos autores la conciencia constituye la característica esencial de los estados mentales. Esta es la postura de Chafe (1994), autor que destaca negativamente la escasa atención prestada a este fenómeno por los científicos y filósofos, señalando que si se observa el quehacer de la ciencia cognitiva, la psicología o la filosofía de la mente, resulta asombrosa la poca atención puesta sobre la conciencia. Al respecto señala Chafe, el estudio de la conciencia más que conformar un foco de interés para los científicos cognitivos, es considerado un “problema”, o una dificultad que deben enfrentar de algún modo los funcionalistas o los partidarios de las teorías computacionales.

Según este autor, existen tres posturas respecto del rol que jugaría la conciencia respecto de otros dominios del funcionamiento de la mente. Una, que caracteriza la corriente oficial de la ciencia cognitiva, sostiene que la mayoría sino todas las operaciones importantes de la mente son inaccesibles para la conciencia. La lingüística generativa por ejemplo, postula estructuras y procesos de un tipo del que ningún usuario del lenguaje podría ser consciente. Esta, es la misma idea acerca de la mente que ha sustentado con gran claridad Ray Jackendoff, quién construye su visión en torno a lo que él denomina la hipótesis de la poca efectividad de la conciencia. Para este autor, la conciencia de una entidad E no puede por sí misma tener un efecto sobre la mente computacional. Solo los estados computacionales que causan, respaldan o proyectan E pueden tener un efecto como ese (Jackendoff, 1987; citado en Chafe, 1994). En el extremo opuesto al computacionalismo se encuentra la postura adoptada por John Searle, quién señala que la mente no contiene nada más que procesos neurofisiológicos incompletos por un lado y por el otro, procesos que son o podrían ser accesibles para la conciencia (Searle, 1990; citado en Chafe 1994). De acuerdo a Searle (2004), no es posible entender la mente en otros términos que no consideren al menos la posibilidad lógica de conciencia de cualquier estado que se defina como mental. Desde este punto de vista, cualquier estado mental (incluso aquel inconsciente), es en último término mental únicamente a partir de la posibilidad de hacerse consciente. Este punto de vista, se opone al paradigma dominante en ciencia cognitiva (sustentado por visiones como la Jackendoff), que afirma la existencia de un dominio mental constituido por procesos computacionales (algoritmos) que no podrían nunca hacerse conscientes.

Finalmente, de acuerdo a Chafe es posible adoptar una postura intermedia entre estos dos extremos. Esta es la postura que representa Bernard Baars cuya teoría sobre la conciencia como un “lugar de trabajo global” da lugar a interacciones complejas entre los procesos conscientes e inconscientes. La metáfora esencial en la teoría de Baars, es la de una pizarra frente a una audiencia de especialistas que solo se pueden comunicar con el grupo como un todo mediante la pizarra. Por lo tanto, las soluciones a los problemas nuevos o predecibles, que no pueden resolverse por ningún especialista, se pueden coordinar por medio de la pizarra. Los sistemas ejecutivos también pueden ejercer control de este modo (Baars, 1991; citado en Chafe, 1994). Finalmente, para Chafe, la conciencia sería el espacio de interacción constante con el medioambiente de los humanos así como también el lugar del pensamiento y sentimiento interno. Según su punto de vista, la conciencia actuaría como la interfase crucial entre el organismo consciente y su medioambiente, un espacio donde la información proveniente del medioambiente se considera una base para el pensamiento y la acción así como también, donde la experiencia generada internamente se hace efectiva; el lugar del recuerdo, la imaginación y sentimiento. De este modo para Chafe, el propósito de la conducta y el pensamiento sería satisfacer los intereses del organismo al momento en que se representen en la conciencia.
Propiedades Características de la Conciencia

La conciencia presenta una serie de características que la distinguen de otros procesos mentales. Chafe (1994), realiza una distinción de las propiedades de la conciencia a partir de los rasgos que pueden observarse en el lenguaje. Para este autor, el hecho de observar las propiedades de la conciencia a partir de los rasgos observables en el lenguaje, otorga a la evidencia introspectiva una mayor importancia en términos de llevar el estudio del fenómeno consciente, más allá de la observación en primera persona. Chafe divide las propiedades de la conciencia en aquellas que son constantes (las que pertenecen a toda experiencia consciente) y aquellas que son variables (las dimensiones en las cuales los sucesos particulares de la experiencia consciente pueden variar). A continuación, se presentan algunas de las propiedades consideradas como más relevantes para los fines de este trabajo, según las describe Chafe.


Propiedades Constantes de la Conciencia

La conciencia tiene un foco
Para Chafe, decir que la conciencia tiene un foco, es simplemente repetir la observación de que la conciencia es la activación de sólo una pequeña parte del modelo del experimentador sobre el mundo circundante, no del modelo en su totalidad. Esta capacidad limitada de la conciencia se refleja lingüísticamente en las motivaciones del lenguaje en las unidades de entonación. Cada una de estas unidades verbaliza una pequeña cantidad de información, la cual si es posible suponer, es aquella parte del modelo de la realidad del hablante en la cual se centra su conciencia en ese momento. En una situación socialmente interactiva, corresponde a la proporción en la cual el hablante pretende que la conciencia del oyente se focalice al oír la unidad de entonación. Esta activación limitada permite que una persona interactúe con el mundo circundante de una forma muy productiva, por lo cual sería poco útil activar todo lo que una persona sabía de una sola vez.



El foco se localiza en un área circundante de la conciencia periférica
El foco activo está rodeado por una periferia de información semiactiva que le proporciona un contexto. El reconocer que la mente contiene información en este estado semiactivo es esencial para el trabajo de Chafe. Existen varios aspectos importantes del lenguaje que podrían ser un misterio sin la presencia de la información semiactiva, así como también de la activa no se tomaran en cuenta. Una manera evidente en la cual el lenguaje permite que la información periférica se exprese abiertamente, es a través del agrupamiento de unidades de entonación en segmentos más extensos que expresen mayores cohesiones de información y de este modo, proporcionen un contexto para los segmentos más cortos.

La conciencia es dinámica
El foco de la conciencia no descansa, se mueve constantemente desde un ítem de información al otro. Este movimiento se refleja en el hecho de que, a pesar de muy pocas excepciones, cada unidad de entonación expresa algo diferente a la unidad de información que le precede y que le sigue. Debido a que cada foco es un segmento distinto de entonación, la secuencia de los focos se asemeja a una serie de fotos instantáneas, más que las de una película.

La conciencia posee un punto de vista
El modelo del mundo propio se centra necesariamente en uno. La ubicación y necesidades de cada persona establecen un punto de vista que es otro elemento constante de la conciencia.

La conciencia tiene la necesidad de una orientación
En el caso de la conciencia periférica, es necesario incluir información relacionada con la ubicación de la persona en varios dominios. Los más importantes de todos parecen ser el espacio, tiempo, sociedad y actividad actual. Al parecer, la conciencia no puede funcionar de manera adecuada sin el conocimiento periférico de la ubicación espacial y temporal, sin el conocimiento de las personas con las cuales interactúa en la actualidad y sin el conocimiento de lo que está sucediendo en el presente.
Propiedades variables de la conciencia

Las experiencias conscientes surgen de diversas fuentes
Con frecuencia los filósofos parecen asumir que la conciencia se constituye de creencias, intenciones y deseos. Sin embargo, según Chafe, se necesitaría realizar una pequeña introspección básica para comprender que una gran parte de lo que experimentamos es perceptual. Casi toda la conciencia tiene relación con los sucesos y estados perceptuales, junto con las personas y objetos que participan de ellos. La conciencia se constituye de experiencias de las percepciones y de las acciones. Junto con ellas, y casi siempre presente al mismo tiempo, se encuentran las emociones, opiniones, actitudes, deseos y decisiones que tales acciones provocan o, por el contrario, que las provocan. Además de las percepciones, acciones y evaluaciones, las cuales evidentemente forman los tres elementos básicos de la conciencia, en ocasiones existen introspecciones, meta-conocimientos de lo que la conciencia está haciendo.

Las experiencias conscientes pueden ser inmediatas o desplazadas
A veces, la información de la conciencia activa o semiactiva está directamente relacionada con la realidad inmediata, el medioambiente que rodea al ser consciente en ese momento. Uno puede ser consciente de lo que está ocurriendo en el lugar y tiempo de la experiencia misma, sin embargo, no toda nuestra experiencia inmediata proviene del medioambiente externo del organismo consciente; gran parte de ella surge desde dentro. Las emociones, opiniones, actitudes y deseos evaluativos, pueden derivar de formas establecidas de evaluar las experiencias inducidas externamente, formas que poseen recursos que son completamente internos, como cuando los estados de ánimo positivos o negativos se inducen mediante química visceral. Sin embargo, de ningún modo la conciencia se restringe a la experiencia inmediata. Una fuente distinta es el recuerdo; la construcción de experiencias que fueron experiencias inmediatas en algún momento pero que no pertenecen al medioambiente actual. La otra fuente es la imaginación, experiencias construidas por la propia mente consciente, aunque con alguna relación directa con las experiencias inmediatas previas.

Las experiencias conscientes pueden ser reales o ficticias
Nosotros no registramos objetivamente lo que está sucediendo a nuestro alrededor, pero lo interpretamos según esquemas conocidos. La información que permanecía inactiva en la mente durante algún tiempo y que ahora se recuerda atravesará procesos adicionales de interpretación, siendo al momento de recordar incluso menos repetitivo verídicamente que en el momento de su primera adquisición.

Las experiencias conscientes son más o menos interesantes
De todos los ítems de información sobre los cuales uno se podría centrar, ¿por qué algunas de ellas entran a la conciencia y otras no? Esta interrogante es difícil de contestar en relación con el pensamiento inactivo, donde las razones del por qué la conciencia observa el medioambiente, recuerda e imagina de las maneras en las que lo hace son las más difíciles de averiguar. Sin embargo, cuando la conciencia se verbaliza en un lenguaje abierto, al menos podemos investigar el flujo de cosas que se hablan y quizás agudizar nuestro entendimiento del por qué un hablante escogió esas cosas y no otras.

Estructura Intencional de la Conciencia.

Un interesante punto de partida para analizar las relaciones conciencia / lenguaje se encuentra en el estudio de la intencionalidad, dado que esta característica de la conciencia, pareciera verse reflejada de manera especial en el lenguaje.

Desde Brentano en adelante, los filósofos de la mente han considerado la intencionalidad como una característica central de la mente (y por ende de la conciencia). Según Alvarez (2002), “La palabra intencionalidad es un término técnico tomado de la filosofía escolástica medieval (intentio, traducción del árabe ma‘na), donde se usaba para referirse a cosas en la mente u operaciones mentales" (p.390). La intentio estaba relacionada con la inexistentia, que no quiere decir “inexistencia” sino “existencia en”, existencia del objeto en la mente o tal como se presenta a la mente, tal como ésta lo conoce y experimenta” (p. 390).

Brentano, filósofo alemán que retomo el término inexistencia, consideraba la intencionalidad como la propiedad definitoria de los fenómenos psíquicos en oposición a los físicos. Para él, todo fenómeno psíquico era intencional, incluso aquellos casos más complejos de definir en esos términos, como resulta ser el caso del dolor. Señaló que todo estado mental incluye un objeto que se presenta o aparece al sujeto y el hecho de que los actos mentales incluyan tales presentaciones constituye su intencionalidad o, in-existencia intencional. Según sus propias palabras, “esta inexistencia intencional es exclusivamente propia de los fenómenos psíquicos. Ningún fenómeno físico ofrece nada semejante. Con lo cual podemos definir los fenómenos psíquicos diciendo que son aquellos fenómenos que contienen en sí, intencionalmente un objeto”. (Brentano, 1935; p. 28, 29).

De este modo, se considera al intencionalismo como la doctrina que define los estados mentales en tanto se encuentran siempre referidos a un objeto que no es el mismo estado mental. Sin embargo, actualmente existe en filosofía de la mente una discusión respecto de los límites dentro de los cuales deben analizarse las relaciones entre la conciencia y la intencionalidad. Para Searle por ejemplo, todo lo intencional es (en último término) consciente[1], pero no todo lo mental es intencional. Según él, existen estados conscientes (mentales) que no poseen intencionalidad como sería el caso de los estados de ánimo. Otros autores en cambio, postulan que la característica principal de los estados mentales (la marca de lo mental) se encuentra dada por la intencionalidad, y todo fenómeno que se define como mental sería por tanto, necesariamente intencional. Este es el caso de Crane (2003), quién es partidario de un intencionalismo fuerte que caracteriza incluso las sensaciones como representaciones intencionales. Así, de acuerdo a Crane, cuando tengo un dolor en mi rodilla el estado mental (la sensación o propiedad cualitativa) que caracteriza ese dolor, corresponde a una representación de una parte de mi cuerpo (la rodilla) en la mente como dolor, con lo cuál en último término este estado mental se define por su carácter intencional.

El análisis los estados mentales separando el contenido intencional de las propiedades cualitativas (qualia) que le acompañan resulta un ejercicio interesante y clarificador. Tal como podemos pensar en estados cualitativos sin contenido intencional (los estados de ánimo por ejemplo), vale la pena preguntarse si puede haber estados intencionales que no presenten propiedades cualitativas. Para Rosenthal (1994) citado en Crane (2003), existen dos categorías de estados mentales: las actitudes proposicionales tales como pensamientos, deseos y otros estados con contenido intencional; y las sensaciones como el dolor o las impresiones sensoriales que no presentan contenido intencional. Si me detengo un momento para analizar mi experiencia presente en función de estas distinciones, puedo observar que mientras trabajo sobre este documento, mi mente se encuentra dirigida intencionalmente sobre los pensamientos que me ocupan en este momento -entre otros, los conceptos, la estructura y la argumentación de las ideas que redacto-. Paralelamente, soy consciente de ciertas propiedades cualitativas que acompañan mi quehacer mental -en este caso inquietud y calor-. Sin embargo, no estoy tan seguro de que éstas últimas deriven directamente del estado intencional en el que me encuentro. De hecho, pudiera ser que en algunos casos como éste, la propiedad cualitativa fuese un mero acompañante no directamente asociado al estado mental intencional (o actitud proposicional), el cuál tal vez no presente en sí mismo propiedades cualitativas vinculadas. La dificultad para examinar los posibles límites y relaciones entre contenidos intencionales y propiedades cualitativas se produce puesto que en principio, es imposible no estar en un estado consciente en particular, así como en una sensación o qualia determinado[2]. Siempre estamos en algún estado de ánimo o emoción, razones por las cuales existe una tendencia espontánea a asociar los estados intencionales con las propiedades cualitativas que le acompañan en un momento determinado[3]. Sin embargo, si intentamos examinar ambos dominios de la conciencia (el contenido intencional y la propiedad cualitativa) por separado, podemos observar que aún cuando nunca dejamos de estar en un estado cualitativo particular y en un estado intencional determinado, existen frecuentemente casos en los cuales ambos dominios no constituyen un estado mental unitario. En esto casos, una de las dificultades para separar ambos dominios en el análisis, se deriva del hecho que en algunas ocasiones es el carácter intencional de un determinado estado mental aquel que aparece con mayor fuerza en la conciencia, y en otras es la propiedad cualitativa la que presenta mayor notoriedad[4]. Al respecto, una posibilidad interesante para analizar este tema, es ver la dicotomía intencional / cualitativo como un continuo, en el cuál se encontrarían las actitudes proposicionales que presenten un mínimo grado de cualidad en un extremo, versus las propiedades cualitativas que no contengan contenido proposicional (intencional) directamente asociado, en el otro polo.
Conciencia, intencionalidad y lenguaje

¿Cómo se relaciona todo esto con el lenguaje? Existen dos aspectos referidos a las características de la conciencia que resultan de interés para analizar la relación entre el lenguaje y la conciencia. Por un lado, la distinción actitud proposicional / propiedad cualitativa, y por otro; el carácter intencional de los estados mentales.

Si hacemos un breve resumen de lo planteado hasta ahora, tenemos lo siguiente. La conciencia constituye el aspecto central de aquello que denominamos mente. Por esta razón, para un examen adecuado de cualquier proceso cognitivo, es necesario analizar los posibles vínculos que éste presenta con la conciencia. Tradicionalmente, la conciencia ha sido definida entre los autores, como la experiencia cualitativa que acompaña muchos de los diferentes procesos cognitivos (percepción, atención, lenguaje, memoria, etc.). Sin embargo, una categorización algo más amplia de los estados conscientes, es aquella que distingue por un lado actitudes proposicionales (como deseos, creencias, etc.) y por otro, propiedades cualitativas (o qualias), tales como la experiencia vivida al contemplar un lago, o el sentimiento de dolor en el pie izquierdo producto de un golpe o el qualia de estar instanciando el concepto de mi tía Panchita o el de mi tía Panchita dándolde de comer a los canarios. Según Crane, (2003), ambas dimensiones son conscientes y las dos pueden ser vistas también a la luz del carácter intencional que caracteriza los fenómenos mentales. Probablemente, la intencionalidad de uno y otro estado presente algunos matices distintos sin embargo, para nuestro análisis basta con constatar que ambos tipos de estados conscientes se caracterizan por la inexistencia intencional descrita por Brentano. Así, de acuerdo a estas distinciones, la conciencia puede ser entendida como un lugar en el cuál se destaca a veces la presencia de las actitudes proposicionales, así como en otros momentos aparecen con más fuerza las propiedades cualitativas de una determinada experiencia o estado mental. Ambos tipos de aspectos constituyen en ocasiones un estado mental unitario y cohesionado, mientras que en otras oportunidades, dichas dimensiones se configuran sólo como dimensiones contiguas en el tiempo y el espacio mental.
Actitudes proposicionales, propiedades cualitativas y lenguaje

Considerando estas ideas, podemos avanzar hacia la construcción de un tipo de relación entre el lenguaje y la conciencia. La distinción actitud proposicional / propiedad cualitativa, nos muestra que existen estados mentales que resultan más fácilmente traducibles al formato del lenguaje y otros que no son tan factibles de traducir en ese sentido. Al respecto, según Chafe (1994), no podemos poner en duda que parte importante de la conciencia se encuentra constituida por el discurso lingüístico interno. Sin embargo, es evidente que no todo lo que pasa por la conciencia es lenguaje. Estados como la imaginación, el afecto y las experiencias estéticas tendrían según este autor, su propia naturaleza. De este modo, existirían razones para creer que a veces, el contenido de la conciencia no puede compararse con ninguna manifestación lingüística particular de ella (Chafe, 1977; citado en Chafe, 1994). Un tipo de evidencia señalado por Chafe, que pudiera demostrar la existencia de contenidos conscientes difícilmente expresables mediante el lenguaje, se encuentra dada por la experiencia mental de poca fluidez en el discurso. Según él, con frecuencia las personas tienen problemas para verter sus pensamientos a través de las palabras pudiendo tener la sensación de que no han declarado adecuadamente lo que tienen en mente. En este sentido, la experiencia de poca fluidez que todos hemos tenido alguna vez, podría ser vista como una evidencia de la no conformidad entre aquello de lo que uno es consciente y lo que uno dice. (Chafe, 1990; citado en Chafe, 1994).

Una manera de explicar este tipo de situaciones, es considerar que en la medida que los estados conscientes se “proposicionalizan”, se encontrarían más cercanos al lenguaje, mientras que por el contrario, mientras más cercano al polo de las propiedades cualitativas se encuentra un determinado estado mental, menos factible resulta su traducción al código lingüístico. Dicho de otro modo, la conciencia es un proceso que tiene un carácter intencional mediante el cuál se dirige hacia el mundo adoptando formas más o menos susceptibles de ser expresadas a través del lenguaje.


Intencionalidad y Lenguaje

Finalmente, hemos dicho (siguiendo a Crane), que la estructura de la conciencia es predominantemente intencional, sin embargo, nada hemos hablado de esta propiedad y su posible relación con el lenguaje.

Para Searle, (1998), existen tres tipos de estados en el mundo que pueden concebirse como intencionales. La comprensión exacta de las características de cada uno de ellos, nos ayuda a clarificar la relación entre la intencionalidad mental y el lenguaje. Los tres tipos de intencionalidad identificados, pueden verse ejemplificados en cada una de las siguientes oraciones:

- Me siento muy a gusto trabajando con este computador
- Mi computador tarda en hacer el trabajo puesto que está pensando
- La palabra computador designa una máquina que realiza algoritmos

La primera frase nos refiere a un estado intencional intrínseco, producido por la existencia de propiedades mentales de un cerebro biológico. Este tipo de intencionalidad “primaria” o intrínseca es según Searle el único tipo de intencionalidad real, en el sentido de que ella es independiente de otros tipos de intencionalidad y se origina a partir del carácter biológico de la mente. La segunda frase en cambio, no se refiere realmente a ningún estado intencional, y corresponde en verdad a un tipo de propiedad que Searle denomina “intencionalidad como sí”. Se trata tan sólo de una forma metafórica que utilizamos para hablar acerca de ciertas cosas que existen el mundo, las cuáles en rigor, no presentan propiedad intencional alguna [proyección de intencionalidad]. Finalmente, la tercera oración nos remite a un tipo de intencionalidad que Searle denomina intencionalidad derivada, en el sentido que ella depende siempre del primer tipo de intencionalidad descrito. Este tipo de intencionalidad presente en el lenguaje, depende siempre de una mente biológica que tiene intencionalidad intrínseca, capaz de transferir representatividad y significación al lenguaje. En palabras de Searle (1998), “la clave para comprender el significado es esta: el significado es una forma de intencionalidad derivada. La intencionalidad original o intrínseca de un hablante es transferida a las palabras, frases, marcas, símbolos, etc. Si se expresan con significado, esas palabras, frases, marcas y símbolos tienen entonces una intencionalidad derivada de los pensamientos del hablante. No tienen tan sólo significado lingüístico convencional sino también el significado que ha querido darles el hablante (p. 127).

Por tanto, podemos concluir este trabajo reafirmando una de las ideas planteadas anteriormente. La conciencia representa el rasgo central de la mente, con independencia del cuál no es posible entender ningún proceso cognitivo. Ella, tiene una estructura intencional que la vincula con el mundo y que particularmente en el caso del lenguaje, es la responsable de la capacidad de significación de las palabras, frases y discurso. Cualquier análisis de la significación del lenguaje que no considere esta relación, corresponde a un intento de explicación reduccionista e incompleto.
BIBLIOGRAFÍA

1. Alvarez, A., (2002). Propiedades nucleares de los fenómenos mentales según Searle: intencionalidad, subjetividad, semanticidad. Revista de Filosofía Vol. 27 Núm. 2 (2002): 389-417
2. Brentano, F (1935). Psicología desde un punto de vista empírico. Madrid, Editorial Revista de Occidente
3. Crane, T., (2003) The intentional Structure of consciousness. En Consciousness: New Philosophical Perspectivas. Edited by A. Jokic and Q Smith. Oxford and New York: Oxfod University Press
4. Chafe, (1994). Discourse, Consciousness, and Time. The Flow and Displacement of Conscious Experience in Speaking and Writing. Chicago; Chicago University Press.
5. Jackendoff, R., (1998). La Conciencia y la Mente Computacional. Madrid, Editorial Visor.
6. Searle, J., (1998) Mente, lenguaje y sociedad. La filosofía en el mundo real. Madrid, Editorial Alianza.
[1] Para Searle cualquier estado requiere para poder definirse como “mental” de contar (al menos en principio) con la posibilidad de hacerse consciente. Así por ejemplo, mi creencia inconsciente cuando estoy dormido, que Michel Bachelet es la presidenta electa de Chile, sólo puede definirse como mental, en la medida que puede hacerse consciente cuando despierto. ¿y cuál es entonces el estatus de los sueños?
[2] Al decir de algunos autores como Rafael Echeverría, no podemos escapar de los estados de ánimo. Siempre nos encontramos en algún estado de ánimo en particular y comúnmente no podemos elegirlo. Para una aplicación de estas ideas al ámbito de las organizaciones, ver “Ontología del Lenguaje” de Rafael Echeverría, editorial Dolmen.
[3] Digo en principio, puesto que para algunas filosofías orientales como el budismo o el hinduismo, sería posible acceder a la mente o conciencia en estado puro, vacío de todo contenido específico mediante prácticas específicas de meditación. Para una relación entre este tipo de visión y la ciencia cognitiva, ver “De Cuerpo Presente: Las Ciencias Cognitivas y la Experiencia Humana. Varela, F; Thompson, E. y Rosch, E. Editorial Gedisa 1997.
[4] De hecho tal vez sea posible identificar diferentes patrones de funcionamiento mental, asociados a los distintos tipos de personalidad existentes descritos por la literatura psicológica. En este sentido, pudieran distinguirse diferentes estilos mentales, algunos con una predominancia hacia la proposicionalización intencional, así como otros con una orientación en la conciencia en el sentido de la formación de propiedades cualitativas (qualia).